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Tras años de siembra
directa y resistencia a herbicidas, resurge la labranza ocasional: ¿aliada o parche?
infocampo.com.ar
Durante casi tres décadas, la siembra directa se consolidó en la agricultura
argentina como una tecnología clave para conservar suelos y reducir costos.
Pero también trajo aparejado un problema creciente: el avance de malezas resistentes y
tolerantes a herbicidas, que hoy desafían la producción de soja, maíz, trigo y girasol
en toda la región pampeana.
Frente a este escenario, muchos productores volvieron a mirar a la labranza mecánica, en
su versión ocasional.
Un estudio de la Facultad de Agronomía de la UBA (FAUBA), realizado en Carlos Casares,
interrumpió 20 años de siembra directa con dos pasadas de disco superficial y evaluó el
impacto en el banco de semillas de malezas.
Los resultados, publicados en la revista científica Agronomy, mostraron que la cantidad
de malezas no disminuyó respecto de la siembra directa, pero sí se modificó la
composición: algunas especies problemáticas quedaron enterradas y emergieron otras, más
fáciles de controlar con herbicidas.
Con la labranza ocasional es posible hacer un recambio de malezas y favorecer a
especies más susceptibles a las aplicaciones químicas. No es un regreso a la labranza
tradicional, sino una intervención puntual dentro del sistema de siembra directa,
explicó Fernando Oreja, investigador de la Universidad de Clemson (EE.UU.) y coautor del
trabajo.
Así, según Oreja, la labranza ocasional puede ser útil frente a malezas difíciles,
pero pierde efectividad si se repite con frecuencia.
No hay soluciones mágicas. El horizonte debe ser siempre el manejo integrado,
combinando distintas prácticas, subrayó.
En ese sentido, la rotación de cultivos aparece como estrategia central para diversificar
fechas de siembra y cosecha, tipos de rastrojo y grupos de herbicidas, dificultando que
las malezas se establezcan.
Sin embargo, las condiciones de producción en Argentina con campos mayormente
alquilados a corto plazo y el protagonismo de contratistas dificultan pensar en
planes de manejo a largo plazo.
Los productores saben que rotar y combinar prácticas es clave, pero en la práctica
muchas veces manda la urgencia económica: si una maleza afecta el rinde, la respuesta
inmediata es aplicar otro herbicida. El problema es que eso genera nuevas resistencias en
poco tiempo, advirtió Oreja.
¿Un futuro de supermalezas?
La experiencia de Estados Unidos ofrece una alerta. Allí ya existen
supermalezas que resisten hasta ocho modos de acción diferentes de
herbicidas, como el caso de Amaranthus palmeri en el sudeste. En esos lotes, la cosecha es
directamente inviable.
En Argentina ya se registran malezas con resistencia a tres modos de acción. Si
seguimos apostando a los herbicidas como única herramienta, vamos camino al mismo
escenario que en EE.UU., anticipó el investigador.
Oreja recordó que las malezas poseen una gran capacidad de adaptación. El desafío
no es eliminarlas, sino mantenerlas por debajo de umbrales que no comprometan los
rendimientos. Para eso necesitamos diversificar el manejo, no depender de una sola
táctica, precisó
En conclusión: el estudio de la FAUBA aporta un dato clave: la labranza ocasional puede
ser útil, pero no alcanza por sí sola. La pregunta que queda abierta es si el agro
argentino está dispuesto a cambiar el enfoque a tiempo para evitar el avance de las
supermalezas.


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