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Luz roja en la soja: no
alcanza con inocular la semilla con el rizobio para asegurar la nutrición nitrogenada
Carlos Marin Moreno
lanacion.com.ar
Tradicionalmente, la soja se fertiliza menos que el maíz en la región
pampeana; sin embargo, tiene importantes requerimientos de fósforo, azufre y
micronutrientes que deben ser satisfechos para alcanzar altos rendimientos y mantener el
potencial de producción de los suelos.
El tema fue tratado por Mirian Barraco, máster en Fertilidad de Suelos, a cargo de la EEA
INTA General Villegas, en el reciente Simposio sobre Nutrición de Cultivos en Zonas
Subhúmedas y Semiáridas organizado por Fertilizar en Santa Rosa, La Pampa. En ese
encuentro, el especialista Gabriel Espósito también expuso cómo la interacción entre
la fertilidad física, química y biológica determina el éxito de los cultivos de maíz.
En la Argentina, la soja se fertiliza menos que el maíz y que el trigo por varias
razones. Por un lado, las raíces de la oleaginosa pueden explorar a más
profundidad que las del maíz, para llegar hasta los dos metros en suelos sueltos. Esta
configuración le permite absorber mayor cantidad de nutrientes que las raíces en
cabellera del maíz, comparó Barraco. También hay que considerar que el nivel de
fósforo que requiere la soja para un rendimiento de tendencia es menor que el exigido por
el maíz y por el trigo.
No obstante, la oradora destacó que es importante considerar la nutrición azufrada
de la soja para alcanzar una aceptable calidad en los granos, básicamente del porcentaje
de proteínas, ya que el azufre es un componente importante para la síntesis de
aquellos compuestos.
Por su parte, los requerimientos de nitrógeno se pueden satisfacer parcialmente con la
fijación biológica del rizobio, que en muchas ocasiones puede aportar el 50% de la
demanda del cultivo; el resto debe ser absorbido del suelo, ya sea a través de su
disponibilidad instantánea o mediante el agregado de urea u otros fertilizantes
nitrogenados.
Para que el aporte de la inoculación cubra realmente el 50% del requerimiento de
nitrógeno de la soja, es importante asegurar una operación en la que todas las semillas
queden bien curadas con el rizobio. Diferentes experiencias demuestran que hay una
relación directa entre el grado de nodulación generado por la bacteria y el rendimiento,
con resultados que aumentan los rindes de 200 a 300 kilos por hectárea entre testigos y
lotes correctamente inoculados.
En el fósforo, el umbral para empezar a fertilizar es de 10 partes por millón en el
suelo como promedio, con 9,4 a 10,6ppm como extremos. Es importante la reposición
anual de este nutriente porque si se omite la fertilización en una campaña, se puede
perder una parte por millón por esa causa, alertó Barraco.
En cuanto a la dosis de fertilizante, hay que tomar recaudos con la toxicidad del fósforo
en la línea de siembra, sobre todo en suelos arenosos, donde puede provocar fitotoxicidad
con mayor facilidad. Para atenuar los efectos negativos del fertilizante sobre las
semillas se puede sembrar la soja a mayor distanciamiento entre plantas o poner una dosis
baja como arrancador y luego completar una segunda dosis con el avance del desarrollo
vegetativo del cultivo. Otra posibilidad es utilizar dosis altas de fósforo en los
cultivos que anteceden a la soja, por ejemplo, trigo o verdeos de cobertura.
En cuanto al momento de aplicación, si no se provocan problemas de toxicidad, la
respuesta es similar cuando se aplica en presiembra, a la siembra o con dos aplicaciones
fraccionadas a lo largo del cultivo.
En los lotes donde hay niveles muy bajos de fósforo se debe pensar en un plan de
fertilización a mediano plazo y aplicar una dosis inicial que permita un desarrollo
normal del cultivo en una campaña y luego seguir agregando fósforo en las siguientes,
por encima del consumo anual.
Nutrientes menores
Un nutriente importante en la soja es el azufre por su vinculación con el porcentaje de
proteína del grano. Se han desarrollado varios ensayos donde se aplicaron 15 a 20 kilos
por hectárea de azufre en trigo y se alcanzó una respuesta rentable en la soja de
segunda. En general, las respuestas económicas a la aplicación de azufre se dan en
lotes con más de 30 años de agricultura continua y con contenidos medianos o bajos de
materia orgánica. Un umbral orientativo para decidir la aplicación es 10 partes por
millón de azufre en el suelo, aconsejó Mirian. El fertilizante azufrado más usado
actualmente es el sulfato de calcio.
En otra parte de su exposición, Barraco recomendó una fertilización balanceada de soja.
Un ensayo reciente mostró que la parcela testigo fue superada en rendimiento por la
parcela donde se aplicó fósforo y esta, a su vez, fue superada por la que recibió
fósforo y azufre. Por último, la que alcanzó el mayor rendimiento fue la que recibió
fósforo, azufre y boro. A partir de estos datos, recomendó hacer análisis de suelo que
incluya macro y micronutrientes y, en los casos de detectar deficiencias de estos
últimos, no vacilar en hacer aplicaciones a las dosis recomendadas.
Finalmente, dijo que también hay que prestar atención al calcio del suelo, porque
detectaron niveles deficientes de este nutriente en los tambos de Trenque Lauquen donde
anualmente se realizan silajes de maíz y de pasturas. Esas prácticas fueron
provocando caídas en el pH y en el tenor de calcio del suelo, que obligaron a
aplicaciones foliares que dieron respuestas alentadoras, finalizó.
Maíz
Gabriel Espósito, profesor de la Universidad Nacional de Río Cuarto y especialista en
nutrición de cultivos, analizó la fertilización de maíz. Introdujo el concepto del
triángulo de la fertilidad y resaltó que un suelo fértil es aquel donde
existe un equilibrio entre la fertilidad física (suelo, agua), química (adecuada
nutrición) y biológica (fauna edáfica). Cuando falta fósforo, por ejemplo, se ve
afectada directamente la densidad de raíces, lo que altera la capacidad del cultivo para
explorar el perfil y absorber agua y nutrientes, y crecer, advirtió.
El experto detalló una metodología para calcular la fertilización fosforada necesaria
para el maíz distinguiendo entre la dosis de reposición calculada en
función del rendimiento objetivo por el fósforo exportado en el grano y la dosis
de recuperación. Esta última suma, a la reposición, una dosis para elevar
gradualmente los niveles del suelo según el fósforo disponible en cada ambiente.
Por otro lado, el especialista presentó los valores de demanda total de nitrógeno (N)
por planta de maíz (Suelo + Fertilizante en V6 de 0 a 60 cm) según el cultivo anterior.
Vicia: 1 a 1,5 gramos de N/planta; soja: 2 a 2,5 g; gramínea de servicio de siembra
temprana: 2,5 a 3 g, gramínea de servicio tardía: 3 a 3,5 g; trigo/soja de segunda: 3,5
g; trigo o cebada de cosecha: 3,5 a 4 g; maíz: 4 a 5 g. Es el escenario que exige mayor
oferta por planta debido a la alta inmovilización del nitrógeno en el rastrojo.
A partir de este diagnóstico, Espósito propuso un modelo matemático para ajustar la
densidad de plantas por hectárea y los kilos de fertilizante a aplicar en la zona donde
trabaja, de acuerdo a la expectativa hídrica de la campaña:
Año seco: Las densidades van desde un piso defensivo de 27.500 plantas/hectárea
(para híbridos de alto potencial) hasta 39.000 p/ha (para materiales de bajo potencial).
Año normal: El rango se ajusta entre las 43.200 p/ha y 51.350 p/ha.
Año húmedo: Permite explorar los techos productivos, con densidades entre 51.350 y
64.900 p/ha.
El modelo permite optimizar la inversión en insumos y maximizar el rendimiento por
planta sin comprometer la estabilidad del cultivo en los ambientes de la región,
resumió. Espósito también puso la lupa sobre nutrientes relegados en las
estrategias convencionales de fertilización, como el calcio, el magnesio y el boro.
Explicó que la disponibilidad de estos elementos en el perfil está fuertemente
condicionada por las características físico-químicas de cada tipo de suelo de la
región.
Mostró que la deficiencia puede restringir el crecimiento de las raíces y limitar la
absorción del agua disponible. En cuanto al calcio y al magnesio, remarcó que la
correcta relación de bases en el suelo es fundamental para mantener la estabilidad
estructural del lote y evitar problemas de compactación. Por esa razón un
diagnóstico de suelos debe contemplar la reposición de estos minerales, para que el
cereal pueda expresar todo su potencial genético, concluyó.




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